Parejas desparejas, con o sin libreta

Un hombre y una mujer sentados en un sillón, uno al lado del otro, frente al TV. De repente vira la cabeza y dice: “Querido, el día de hoy cumplimos treinta años de casados”. Sin parar de mirar la pantalla, se restringe a preguntar: “¿Falta mucho?”. La situación pertenece a una pieza de humor gráfico que ilustraba con ironía uno de los clisés que sobrevuelan la corporación marital.

Una estadística oficial famosa días atrás descubrió que en la Urbe de la ciudad de Buenos Aires el día de hoy se casa menos de la mitad de las parejas que treinta años atrás. De los veintidos mil casamientos realizados en los registros civiles porteños en mil novecientos noventa que se festejan en un salon de eventos, la cantidad se redujo a diez y quinientos once en dos mil diecisiete que se festejaron en un salon de fiestas en belgrano. Los datos establecían asimismo un aumento en la edad media del primer casamiento. Diferentes estudios, a nivel del mundo, dan cuenta de una tendencia afín. En U.S.A., por caso, la declinación en el número de parejas que formalizan su unión se observa desde hace medio siglo, y los doscientos dieciseis mil matrimonios festejados en España en dos mil pasaron a ser ciento sesenta y ocho mil 15 años después.

Lo que estas cantidades reflejan es un cambio en la modalidad en que las uniones se consagran, con causas distintas que a absolutamente nadie escapan. El amor, y la resolución de compartir la vida con alguien -“Toda pasión que no se crea eterna es repugnante”, afirmaba Balzac-, con independencia de lo fugaz que pueda resultar esa intención, prosigue existiendo. Alén de si la unión se sella con una libreta o bien no, el punto es ver cuánto sobrevive en las relaciones contemporáneas, en tiempos de cambio, empoderamiento femenino, #MeToo y demandas de igualdad, de los prejuicios y los estereotipos que sobrevolaron las relaciones de pareja desde tiempos inmemoriales. Y eso no se refleja, necesariamente, en las estadísticas de los registros civiles.

Otras, no obstante, dan ciertas pistas. Una investigación efectuado en E.U. por el Pew Research Center estableció que, para el setenta y uno por ciento de los hombres encuestados, ser un buen distribuidor económico era equivalente a ser un buen marido. Esta visión prosigue consagrando la idea de un hombre responsable de mantener el hogar, con la presión que implica para ellos y también, implícitamente, prosigue consagrando asimismo la idea de que la responsabilidad de las labores de la casa debe recaer sobre la mujer, en tanto que su aporte económico, incluso cuando exista, no sería el prioritario.

Acá, una medición del INDEC estableció, hace un tiempo, que una mujer ocupada full time dedica más tiempo promedio al trabajo familiar (cinco con cinco horas) que un hombre desempleado (cuatro con uno horas). El setenta y seis con cuatro por ciento del trabajo familiar no retribuido recae a cargo de las mujeres, frente al veintitres con seis por ciento hecho por varones. Y en lo relativo al cuidado de personas, un treinta y uno con uno por ciento de las mujeres dedica tiempo a estas cuestiones, frente al dieciseis con ocho por ciento de los hombres.

Con simple convivencia, o bien Registro Civil a través de, este género de cuestiones no acostumbran a explicitarse y acaban conspirando contra la buena salud de una relación armónica y de pares. Otro tanto sucede con el cuidado de los hijos: son asimismo una responsabilidad que debe compartirse en un equitativo cincuenta y cincuenta por ciento. Como afirmó Gloria Steinem, cronista y escritora, “no se trata de biología sino más bien de conciencia”.

El del poder es otro tema central en las relaciones de pareja, alén del formato que adquieran. Lo vemos diariamente de la mano de una de sus peores expresiones: la violencia familiar, los femicidios. No hace falta llegar a esos extremos. Se trata asimismo de desarticular prejuicios, de enseñar desde el comienzo a chicas y chicos en el respeto mutuo, en la equiparación de derechos y obligaciones, de eludir caer en el reparto maniqueo de papeles preestablecidos. Y de rememorar, como afirmó alguien, que apenas somos diferentemente iguales. Cualquier relación cariñosa debe fundamentarse sobre ese principio inclaudicable.

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