¿Los hombres cambian la pizza y el fútbol por la barbería?

Clubes de caballeros, peluquerías sociales y tiendas de ropa con amenities empiezan a transformarse en los lugares preferidos del varón moderno


Fuera todo es microcentro: filas de taxis circulando a dos por hora, autos que aceleran, bocinazos, gente apurada, caras de “es viernes mas todavía falta un buen rato para que comience el fin de semana”. Adentro, en el local de sastrería premium Pineal que se halla en Maipú, casi esquina Paraguay, un conjunto de habitués comparten unas pintas de cerveza, mientras que se preparan para el almuerzo. Para algunos de los que están sentados en los cómodos sillones ubicados en la parte posterior del local -en una suerte de living que cuenta con chopera, cafetera, televisión de pantalla grande y bebidas múltiples- el fin de semana ya empezó; para otros aún no, mas en la conversación adelantan el disfrute y el relax que va a llegar en cuestión de horas.

“Es como un club”, resume Daniel Dicasolo, abogado de 38 años, y habitué de Pineal. “Es mi parada obligada cuando debo venir de Palermo, donde trabajo, al microcentro. Alén de pasar a adquirirme una camisa o bien un traje, a veces vengo sencillamente a tomarme un café, una cerveza o a comer, ya que es un sitio de encuentro que me deja parar un rato la jornada de trabajo. Entrás, charlás un tanto, te ponés al tanto de diferentes temas; si hay un acontecimiento deportivo lo ves en pantalla grande. Trato de prever, cuando vengo al microcentro, de contar con algo de tiempo para poder pasar por aquí y quedarme un rato apacible”.

Espacios de encuentro como el que ofrece Pineal, donde concurre Daniel Dicasolo, conforman los nuevos lugares de asamblea masculina, en los que la dinámica propia de los establecimientos convoca en un mismo ámbito a varones que no necesariamente son amigos, mas que encuentran allí el ambiente propicio para el relax y la charla. El tradicional encuentro de pizza, cerveza y futbol comenzó a cambiar hacia opciones más complejas. Por servirnos de un ejemplo, las poco a poco más numerosas barberías, que no sólo han recuperado un cuidado de la estética del varón perdida generaciones atrás, sino que dan el marco espontáneo para que la conversación masculina -lo que no es homónimo de sexismo- se dé naturalmente en un espacio más ameno y confortable que el del vestuario de la cancha de fútbol o de tenis. La necesidad de hallar espacios de encuentro entre hombres se hace perceptible aun detrás de la reaparición de clubes de caballeros en donde -emulando a Charly García en “Piano Bar”- los chicos tengan un sitio para ir a conversar.

“No es un grupo de autoayuda”, dice Sebastián Federico Machain, de 44 años, al referirse a El Club de los Caballeros que creó con ciertos amigos. Allí se reúnen para “hablar desde cosas triviales y rutinarias”, conforme detalla, y de “problemáticas y temas más profundos”.

“La idea era recobrar el frente a frente, la charla de café entre amigos de antaño, esa que uno acostumbra a dejar a un lado porque no tiene tiempo, por la inercia del cada día o por el hecho de que poco a poco más se maneja todo de forma virtual, a través de redes sociales como Facebook o WhatsApp”, explica. Con esa idea en psique, Sebastián convoca por medio de redes sociales a la charla frente a frente entre varones que rondan los 40 años y todo empezo con un curso de peluqueria. Su club de caballeros funcionó primero de forma itinerante, en restoranes que contaban con algún salón apartado donde encender la charla; ahora, que Sebastián abrió una vinateríaofrece su mesa rodeada de botellas como periódico sitio de encuentro. Pero el suyo no es el único club que recupera y mantiene viva esa tradición. A 2 cuadras de la Catedral de San Isidro, el renovado Club 300 ofrece el espacio de una tradicional casona de 1912 para la conversación, el vermú o bien un partido de truco, al paso que en Lomas de Zamora, el Lomas English Social Club prosigue abriendo sus puertas para varones aficionados al slosh, al snooker y los dados, por citar otros casos.

Retomar una costumbre

Aunque el café y el bar mantienen íntegra su vigencia como sitio de encuentro, quizá para hombres de más edad, lo cierto es que aquellos establecimientos que por su propia activa son de acceso prácticamente exclusivo del varón ofrecen una cuota de intimidad que lo libera del corsé de cierta corrección política imperante y a veces autoinflingida que, en estos tiempos de entendible alta sensibilidad hace que deban medir las palabras al milímetro al abordar un tema o efectuar una broma.

 

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